Imagínese: llega a una fábrica donde trabajan varios miles de personas. Alguien opera equipos complejos, alguien es responsable de la logística y alguien se encarga de que todo se desarrolle de forma segura. Ese «alguien» es el especialista en seguridad industrial. Pero, ¿quién es en realidad? ¿Un inspector? ¿Un psicólogo? ¿Un analista? ¿Un asistente? En realidad, es todo a la vez. Y precisamente ahí radica la principal dificultad de su trabajo.
A menudo pensamos que sabemos cómo deberían ser estos empleados: íntegros pero amables; estrictos pero justos; expertos en leyes y tecnologías, pero a la vez accesibles y receptivos. Se espera de ellos que «vean todo», «sepan todo» y «resuelvan todo». Pero una persona no es un superhéroe. Es el producto de su educación, cultura, experiencia y entorno. Y cada uno tiene su propia visión del mundo.
¿Por qué algunas reglas funcionan y otras no?
La sociología y la psicología han establecido desde hace tiempo que nuestro comportamiento se forma bajo la influencia de dos fuerzas poderosas.
La primera es el conductismo: reaccionamos a los estímulos externos.
La segunda es el institucionalismo social: la familia, la escuela, la empresa, la cultura; todo esto forma nuestro «yo».
Pero aquí está la paradoja: tendemos a pensar que los demás ven el mundo de la misma manera que nosotros. En realidad, cada uno tiene su propia realidad. Y cuando en una empresa surgen expectativas abstractas y vagas sobre el especialista en HSE («sé eficaz», «cuida a las personas», «sabe todo»), este no entiende cómo debe ser exactamente».
Precisamente por eso, unas reglas de comportamiento claras, sencillas y comprensibles no son un mero trámite, sino la clave de la verdadera eficacia.
Reglas que funcionan: no de arriba hacia abajo, sino de abajo hacia arriba
La historia de la humanidad conoce muchos ejemplos de códigos de conducta exitosos, desde los preceptos de Confucio hasta el código samurái. ¿Por qué funcionaron? Porque respondían a tres necesidades humanas básicas:
Simplicidad: al cerebro le encantan los esquemas claros.
Pertenencia: el ser humano quiere formar parte de algo más grande.
Sentido: las acciones deben ser comprensibles para los demás.
Lo mismo se aplica a la seguridad industrial. En lugar de imponer ideales abstractos a los empleados, es necesario formular junto con ellos reglas de comportamiento reales y concretas que:
tengan en cuenta su experiencia y actitudes internas;
cumplan con las expectativas de los colegas y la dirección;
proporcionen un sistema de coordenadas claro: «Así es como debo actuar en una situación determinada».
Tres roles del especialista en HSE
En Nornickel ya han comenzado a implementar estas reglas. Su esencia se reduce a tres roles clave que todo especialista en HSE debe desempeñar:
1. Comunicador eficaz
— habla con cortesía, con argumentos, sin presionar;
— debate los problemas abiertamente, a cualquier nivel;
— prefiere la comunicación personal siempre que sea posible.
2. Ejecutor eficaz
— planifica su día, establece prioridades;
— simplifica los procesos en lugar de crear burocracia;
— responde rápidamente a las solicitudes y llamadas.
3. Embajador de seguridad
— reacciona inmediatamente ante las infracciones;
— cumple todas las reglas él mismo, dando el ejemplo;
— ayuda a los colegas a resolver problemas en lugar de simplemente «atraparlos cometiendo errores».
¿Suena sencillo? Sí. Pero, como decía Sócrates, «en lo simple está lo más complejo». Porque aceptar estas reglas significa cambiar no solo el comportamiento, sino también la actitud interna: dejar de ser un «controlador» para convertirse en un «socio de HSE».
Sin exigencia no hay crecimiento
Crear las reglas es solo el 5% del trabajo. Lo principal es ponerlas en práctica. Para ello se necesitan:
Si no se exige su cumplimiento, las reglas se convertirán en «papel mojado». Pero si se exige, se debate y se apoya, se convertirán en una parte viva de la cultura corporativa, donde el especialista en HSE tiene pautas claras.
Precisamente por eso, las reglas de comportamiento no son una restricción de la libertad, sino una herramienta para el crecimiento, el respeto y, en última instancia, para salvar vidas.
No cambie a las personas, cambie el sistema. Y el sistema comienza con reglas simples pero honestas.