En el desarrollo de cualquier empresa industrial llega un momento en que los métodos tradicionales para reducir la siniestralidad dejan de dar un efecto visible. La renovación de equipos, la automatización de procesos y la implementación de sistemas de bloqueo permiten reducir significativamente el número de incidentes, pero con el tiempo las estadísticas alcanzan una meseta. En su presentación, Ekaterina Zhiteneva analiza las causas de este fenómeno utilizando el ejemplo de una empresa minera. El análisis mostró que alrededor del 70% de las lesiones están relacionadas con el factor humano: el comportamiento inconsciente o inseguro de los empleados. En estas condiciones, redactar nuevas instrucciones o aumentar el control no resuelve el problema, ya que es propio del ser humano cometer errores o «tomar atajos».
Para pasar al siguiente nivel de madurez de la cultura de seguridad, es necesario trabajar con el comportamiento de las personas. La ponente subraya que los supervisores de primera línea desempeñan un papel clave en este proceso. Son ellos quienes configuran el entorno de trabajo y tienen la mayor influencia sobre el equipo. Sin embargo, para lograr un cambio cualitativo, no basta con que el supervisor sea un buen gerente; debe convertirse en un líder inspirador.
La base de la transformación fue el desarrollo de una metodología clara basada en el principio de «los líderes forman líderes». La presentación examina en detalle el modelo del «triángulo de liderazgo en HSE», que incluye tres elementos: el ejemplo personal del líder, la influencia en el equipo y el uso regular de prácticas de seguridad. Este concepto permitió trasladar los debates abstractos sobre el liderazgo a un plano práctico y comprensible para los trabajadores de producción.
Se presta especial atención a replantear las herramientas ya existentes. La ponente muestra, mediante el ejemplo de la auditoría de comportamiento de seguridad, cómo cambia su percepción en los distintos niveles de cultura. Si en el nivel reactivo la auditoría se percibe exclusivamente como una herramienta para encontrar infractores y castigar, al pasar a una cultura proactiva se transforma en un diálogo entre iguales. El objetivo del proyecto no era introducir nuevas normativas, sino dotar a las viejas prácticas de nuevos significados, donde el objetivo principal es identificar riesgos ocultos y recibir retroalimentación de los trabajadores.
La implementación de prácticas de liderazgo se enfrenta inevitablemente a la resistencia y al riesgo de caer en el formalismo. Para superar estas barreras, se utilizó la clásica teoría de gestión del cambio de Kurt Lewin («descongelar - cambiar - recongelar»). Este sencillo algoritmo de tres etapas ayudó a los líderes a estructurar su trabajo con los subordinados: desde la preparación de argumentos y la elección del estilo de comunicación hasta la consolidación del comportamiento correcto mediante elogios y retroalimentación periódica.
Además, el proyecto aplicó activamente el modelo de liderazgo situacional. Se capacitó a los supervisores para elegir el estilo de interacción (directivo, de entrenamiento, de apoyo o de delegación) en función del nivel de competencia y motivación del trabajador específico. Esto permitió alejarse de las reacciones estereotipadas ante las infracciones y comenzar a construir una comunicación efectiva destinada a desarrollar una actitud consciente hacia la seguridad.
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