Llevo muchos años observando a los contratistas desde dos perspectivas. Primero desde compras, donde un contratista es solo precio, plazos y un paquete de documentos. Luego desde la prevención de riesgos laborales, donde el contratista son personas concretas en alturas, en la mina o junto a equipos en marcha. Y cuanto más tiempo trabajo, más me convenzo: la seguridad de la cuadrilla del contratista no la determina el contrato ni una carpeta de documentos, sino una sola persona. El capataz.
Imagine a un contratista que lo tiene todo en regla: el reglamento del sistema de gestión de seguridad y salud, la evaluación de riesgos, las certificaciones y las actas de evaluación de conocimientos. En la precalificación obtiene una puntuación alta. Pero luego llegas a la obra y le preguntas al capataz: «¿Cuáles son los tres principales riesgos de tu cuadrilla hoy?». En respuesta, un silencio, y después «bueno, lo de siempre, ya les dimos la charla de seguridad».
He formulado esta pregunta muchas veces, y es precisamente en ese instante cuando comprendes dónde hay un sistema real y dónde uno solo de papel.
Actualmente en Uralkali estamos desarrollando un modelo de gestión de la seguridad de los contratistas. Al asignar el peso a cada bloque, otorgamos deliberadamente un 50% al control de campo y un 30% a la barrera de entrada. Los documentos son importantes, pero el trabajo se realiza en la obra.
Evaluamos a 39 supervisores de obra de contratistas de máxima prioridad mediante una lista de verificación unificada. Obtuvieron una calificación de «satisfactorio» 30 personas, es decir, el 77%. Suena bien, hasta que se analiza por empresas. En algunos contratistas, todos los capataces superaron la evaluación; en otros, ninguno.
Sin embargo, formalmente todas estas empresas cumplían los mismos requisitos. La diferencia no está en los documentos, sino en cómo la organización capacita y respalda a sus capataces. No es de extrañar que las competencias de los capataces se hayan convertido en una línea prioritaria dentro de los planes de desarrollo para todos los contratistas con los que trabajamos.
Estamos muy acostumbrados a delegar la responsabilidad en cadena. Veamos cómo ocurre habitualmente.
Un accionista concibe un nuevo proyecto y comparte la idea con el director general. El director general asigna la tarea al ingeniero jefe. El ingeniero jefe la traslada al jefe de obra. El jefe de obra no tiene tiempo y la traspasa a su subalterno. En cada nivel, la tarea pierde algunos recursos, los plazos se recortan y los detalles quedan relegados a un «resuélvanlo sobre la marcha».
Al final, todo el peso —el volumen de trabajo, los plazos, la calidad y la seguridad— recae sobre los hombros del capataz y su cuadrilla.
Y he aquí la paradoja: la idea del accionista la materializa el capataz. Ni el consejo de administración ni el ingeniero jefe, sino la persona con casco que por la mañana emite la orden de trabajo. De lo preparado y respaldado que esté depende que el proyecto sea un éxito o una línea en un informe de investigación de accidentes.
Suelo ver la misma escena una y otra vez. Desde primera hora de la mañana, el capataz gestiona guantes en el almacén, tramita pases, busca una grúa móvil, llama a la oficina para revisar el control de asistencia y decide quién llevará los almuerzos. Para el mediodía está rellenando informes. Mientras tanto, la cuadrilla trabaja sola.
Un capataz así está sumamente ocupado, pero no cumple con su labor principal. Se transforma en un encargado de logística que se dedica a «organizar todo lo de alrededor».
Sin embargo, las obligaciones del capataz son muy claras: organizar la ejecución segura de los trabajos, inspeccionar el puesto de trabajo y la autorización del personal, impartir las charlas de seguridad, controlar el cumplimiento de los requisitos y detener el trabajo ante cualquier amenaza. Y por esto asume una responsabilidad personal que puede llegar a ser penal. Si el incumplimiento de las normas de seguridad laboral o seguridad industrial conlleva consecuencias graves, el capataz responderá legalmente como la persona encargada de velar por su cumplimiento.
Por eso, cuando la dirección del contratista sobrecarga al capataz con tareas de gestión logística, no está ahorrando dinero, sino creando un riesgo, tanto para los trabajadores como para el propio capataz.
Para mí, la figura de un buen capataz se asemeja a la de un búho capaz de girar la cabeza 360°. El capataz no puede mirar solo hacia adelante, a su volumen de trabajo y calidad. Ve todo a su alrededor: la grúa que opera cerca, la cuadrilla vecina, un hueco sin proteger, a un trabajador fatigado al final del turno o el cambio en las condiciones meteorológicas.
El volumen y la calidad son aquello por lo que se elogia al capataz. Los riesgos y la seguridad del entorno son aquello sin lo cual el volumen y la calidad carecen de sentido. Un buen capataz mantiene ambos aspectos en su campo de visión.
¿Cuánto tiempo pasan realmente sus capataces con la cuadrilla y cuánto en tareas de gestión logística? ¿Y cómo está estructurada su cadena de responsabilidad: llegan al capataz no solo las tareas, sino también los recursos necesarios para llevarlas a cabo?